Cosas de loco

El chofer de este P 2 es raro. Recoge las pesetas y las echa en la alcancía de la guagua, y pone pesos de metal y papel en una riñonera que tiene cerca de su mano izquierda.

Se lleva las paradas, y la gente le dice:

-Tú te crees que la guagua es tuya.

Y él les responde que sí, que la guagua es de él.

Y sube el volumen de la música de Yomil y El Dany y luego la de Franco de Vita.

Le cogió el zapato a un hombre de unos sesenta y pico de años y este se cagó en el coño de su madre.

-La tuya, le dijo el chofer. Y siguió.

“Vamos a tener que hacer otra campaña de alfabetización” Me comenta una mujer que se baja conmigo en la parada de los taxis, después del semáforo de Tulipán y Boyeros.

Gracias, Luis

Gracias, Luis

Cuando conocí a Luis Franco él me dijo que nunca lo habían entrevistado, y que yo sería el primero en hacerlo. Nos reímos y me sentí feliz, porque fui el primero en ponerle al frente una grabadora a este músico humilde, sonriente y loco convencido de que hacer música es lo que quiere.

Aquella tarde me dio su disco Que no me faltes, su primera producción que con gran suerte le gustó a la EGREM, y por eso se concretó en un CD apoyado por esta casa discográfica.

En una carpeta que copié, había algunas fotos y unos textos escritos que hacían alusión a Franco, el hombre que no es el padre de Luis, pero que un día le dio la luz y el consejo que necesitó cuando era adolescente. Entonces Luis Alberto Guevara García se usa para los documentos oficiales, y para el resto, para esta obra de teatro que es su música, se utiliza el nombre de Luis Franco. Porque padre no solo es quien hace sino quien inspira, consagra y protege.

Que no me faltes lo escuché ese mismo día en mi casa y recuerdo que al siguiente le dije: “Luis, me gustó el disco, pero Yo soy la Rumba no creo que sea el mejor tema para iniciarte”.

Me pasaba algo lindo con Que no me faltes. Posiblemente porque es una canción hecha desde la alegría desbordante. Creo que es un tema escrito en un momento de mucha realización personal, ímpetu, confianza, esperanza también. Pero me equivoqué cuando precisé en una elección, porque Luis ha triunfado con Yo soy la Rumba, y probablemente lo hubiera hecho con cualquiera de los diez temas que componen esta producción, apoyada por Israel Rojas y el resto de los Buena Fe.

Cuando hablamos aquella tarde en el patio de la UNEAC, en compañía de un café bien dulce y que todos queríamos pagar, le pregunté si él tenía idea de cómo sería su presentación en vivo. Y suspiró, con ganas de que llegara ese momento para luego contarme.

Después, Luis me propuso hacerle unas palabritas para su conferencia de prensa. Jamás había hecho eso, pero si funcionó fue porque estuve a la altura de la sinceridad y el cariño inmenso de su disco y de todo lo que él mismo es.

No pude asistir a su primer concierto en la Casa del Alba Cultural, pero sé que hasta por las ventanas la gente lo disfrutó.

Gracias, Luis

A su primera gran presentación se ausentaron personas especiales para él. No pudo llegar el abuelo al que le dedica este disco por tantas cosas compartidas y por tanto amor. El abuelo de Luis no llegaría nunca, pero dondequiera que esté sabe bien que la obra de Luis va dedicada a él y a la abuela, orgullosos los dos de este trabajo con Buena Fe. Tampoco llegó el amigo Dairon, encargado de organizar casi todas las canciones de Luis. Fue Dairon quien seguramente pasó noches pensando cómo hacer para que estas ideas poperas, rumberas y románticas de Luis Franco la gente pudiera disfrutarlas y cantarlas después.

Para el abuelo y Dairon, el amigo de Luis, seguramente hubo y habrá un espacio en cada concierto.

Luis sabe que ser músico a veces requiere más de economía que de talento, que casi nunca se puede cuando se quiere, que su suerte de ahora mismo es algo efímero y que para ser constante le llevará más sacrificios y pesadillas a Claudia, su representante, y quien lo acompaña incluso cuando todas las luces se apagan: las del escenario y las del cuarto.

Sé que veré los triunfos de Luis, y para ese entonces quizá él me permita otras preguntas, y tal vez el currículum vitae de los dos sea otro, un poquito más extenso que aquellas dos páginas que teníamos cuando conversamos la primera vez.

Gracias, Luis

Que no me faltes (letra)

Que no me falte el sol en las mañanas
Que no me falte un beso de mamá
Que el viento que me entra por la venta
cuando contigo acabo de soñar
Que no me falte el blanco de la luna
ni tu cariño en noches de calor
Que no me falte la buena fortuna
de ser por siempre el dueño de tu amor.

(Estribillo)
Que no me falte el deseo que tengo de abrazarte
Que no se sequen mis labios antes de besarte
Que no me venga a ciento las soledades
si tu sonrisa es el motor de maldades
Que no me venga la vida con ratos de tristezas
si ella me dio la suerte de ver tu belleza,
Que no me falte el brillo
Que no me falte la luz
Que no me faltes: tú.

Que no falten señales de la vida
Que no le falte letra a mi canción
Que no falten razones escondidas
para entregarte todo el corazón.

(Estribillo)
Que no me falta el deseo que tengo de abrazarte
Que no se sequen mis labios antes de besarte
Que no me venga a ciento las soledades
si tu sonrisa es el motor de maldades
Que no me venga la vida con ratos de tristezas
si ella me dio la suerte de ver tu belleza
Que no me falte el brillo
Que no me falte la luz
Que no me faltes: tú.

(Estribillo)
Que no me venga la vida con ratos de tristeza
Si ella me dio la suerte de ver tu belleza
Que no me falte el brillo
Que no me falte la luz
Que no me faltes: tú

Vea el video clip de la canción Yo soy la Rumba:

Nunca hablamos de flores

Nunca hablamos de flores

El padre de Roberto es un tipo seco. Pero Roberto lo quiere. Desde que su mamá sintió que su padre la traicionaba con otra mujer, se separaron y Roberto se fue con ella. Él era un niño.

Al principio de la separación el padre de Roberto iba todos los fines de semanas a verlo. Y le llevaba en una jabita de nylon con uno cuantos chupa chupas, chicles y dos o tres paqueticos de galleticas de chocolates comprados en el quiosco de la esquina.

Luego, el padre de Roberto se enamoró, se complicó en el trabajo y entonces iba una vez al mes, a veces pasaba más tiempo y en una ocasión pasó seis meses sin ir a verlo. “Estaba trabajando duro, la vida es dura, y no tenía tiempo para venir”. Le dijo.

La madre de Roberto le decía que su padre lo había abandonado, y que cuando él creciera no podía seguir el ejemplo de aquel. Pero eran comentarios recientes de una mujer decepcionada, engañada, traicionada y enamorada.

Siempre que Roberto cumplía años, su papá le llevaba un regalo. Siempre. Algunas veces un pulóver de aquellos que se usaban con el caballito en el bolsillo, y otras los dulces hechos en casa que tanto le gustaban. Una vez se fueron juntos para el parque infantil a celebrar los siete años y hace poco se tomaron unas cervezas para festejar los treinta dos del Robe.

El viejo de Roberto habla poco. Es de esa gente que casi no abraza, ni besa, ni conversa de las novias, ni dice cómo uno debería hacer bien el amor a una mujer, ni es tan fiestero…Es un hombre cariñoso a su forma. De vez en cuando aprovecha las cervecitas para hablar más de la cuenta, y reírse más de lo acostumbrado. Cuando él toma, dice Roberto que se pone filosófico y empieza a advertirle de esto o de aquello, de cómo es la vida, y de las cosas que él debería hacer. ¡Ah! y le advierte que su madre es la mejor del mundo.

Roberto casi nunca habló de su padre en la escuela. Y en preescolar, cuando la maestra mandaba a dibujar a la familia, él hacía una mamá, un niño, una casita y un camino.

El Robe nunca le dijo papá a su padre. Lo llamaba por señas o esperaba que lo mirara para indicarle un deseo, afirmarle, negarle o explicarle algo. Dice que una vez durmieron juntos y que su padre duerme igual que él: de lado, con una mano debajo del rostro y con los pies estirados para evitar dolores de columna. Recuerda Roberto el día que su padre lo abrazó fuerte, una tarde de agosto de hace algunos años atrás cuando le dieron la carrera de medicina.

Muchas veces Roberto justificaba los fines de semana con trabajos pendientes de la escuela porque no quería irse con el padre para la casa donde él vivía, ni quería compartir con la mujer mala que había hecho sufrir a su madre por meterse en el camino de aquella relación de casi cuatro años.

El padre de Roberto estaba delgaducho la última vez que se vieron. Almorzaron arroz y frijoles con mucho comino y ají, como le gustan al Robe, pero el padre apenas probó aquello. Le confesó que hacía semanas había ido al médico porque sentía decaimiento y mucho malestar. Y que le habían visto algo raro en las pruebas realizadas.

Después, nunca más se vieron.

Entonces Roberto no sabe si este domingo llevarle lirios o rosas a su padre, porque de eso tampoco hablaron nunca.

La carne que somos

Sueños antiguos. Pintura de Gilberto Frómeta
Sueños antiguos. Pintura de Gilberto Frómeta

El único defecto que tiene Juan es que siempre ha sido un hombre ejemplar. Nunca se le ha escuchado decir un sí o un no que pudiera afectar a otros, aunque por dentro Juan sepa que está siendo un poco tonto.

Sabe que muchas veces, o casi siempre, ha actuado como debería ser: cumpliendo, sacrificándose; pero ha sido su forma de aportar algo, de dejar algo, y de que lo recuerden más por buena gente que por todo lo que conlleva serlo.

Se ha sacrificado más de la cuenta. También ha tenido mucha suerte. Tuvo su único hijo a los cuarenta y dos años y fue de casualidad, porque los médicos decían que Juan tenía varicocele.

Hizo de todo para tenerlo: se santiguó con cualquier tipo de oración, consultó varios curanderos y hacía que su mujer quedara con los pies para arriba un rato después de haber tenido sexo porque le decían que eso era efectivo. Ahora es padre de un varoncito.

Pasó el servicio militar a los diecisiete años tirando tiros en Angola. De aquella encomienda le han quedado recuerdos tristes de la soledad. Allá aprendió a escribir décimas inspiradas en la madre, los hermanos, y la gente del barrio con las que compartía comúnmente. “Allá aprendí a ser hombre”.

Yellow Verse. Pintura de Gilberto Frómeta
Yellow Verse. Pintura de Gilberto Frómeta

Siempre le ha gustado hacer guardias por las noches. Lo ha hecho en varios centros importantes de su municipio y a Juan nunca le han hecho un señalamiento. Vive orgulloso de su currículum laboral, de los diplomas y los certificados que guarda en un portafolio verde.

Ha pasado varios cursos de superación impartidos por instancias gubernamentales, con el objetivo de enseñarles cómo ser mejores Agentes de Seguridad y Protección y cómo ellos deben cuidar los implementos que permanecen en la posición que cuidan.

Hace unas semanas un amigo, el otro que se alterna con él, tuvo problemas familiares y Juan cubrió aquella noche, también. Por la madrugada, uno de los jefes de la provincia pasó inspección y detectaron que una de las puertas no tenía el sello que debía llevar. Juan le dijo que la plastilina con la que se sellan las puertas no servía, pero el jefe no entendió.

Fue la primera vez, en treinta y siete años de trabajo como Agente de Seguridad y Protección que a Juan le llaman la atención y le escriben un acta.

Le dolió la falta de confianza y el empeño durante tanto tiempo. Le dio angustia el regaño de aquel jefe que no pregunta a sus trabajadores si tiene abrigo para pasar la noche o si la familia está bien. Le molestó la hipocresía de aquel jefe que nunca se preocupa por la plastilina sino por el sellito de la puerta. Sintió ira, rechazo, decepción. Y pidió la baja.

“Somos carne de nosotros mismos”, le dije.

“No importa: lo importante es estar vivo”.

Fuga inesperada. Pintura de Gilberto Frómeta
Fuga inesperada. Pintura de Gilberto Frómeta

Escriba y Lea o la maldita suerte de las cosas

¿Posterior a la Edad Antigua?

Sí.

¿Posterior a la Edad Media?

Sí.

¿Posterior a la Revolución Francesa?

Sí.

¿Posterior a…?

Y la maquinita arriba de la mesa marcaba las oportunidades que le quedaban a los tres panelista, quienes debían adivinar el hecho histórico, la personalidad o lo que fuera. Entonces Escriba y Lea era un programa estelar de la televisión cubana.

Tenía audiencia: los estudiosos de la Historia toda, los aficionados, los interesaos y hasta los niños seducidos por el afán de los abuelos, que eran medios analfabetos pero conocedores de lo que era bueno para el andar seguro de alma y conciencia: “Este programa es muy bueno, porque te dará mucha cultura”, me decían en casa.

Siempre hubo quien dijo que Escriba y Lea era aburrido, pero probablemente ninguno de esos llegó muy lejos en la vida, porque quien no conoce algo de la historia le resulta casi imposible hacer su propia historia.

Escriba y Lea era un programa divertido. Uno podía jugar con la historia desde la adivinanza o el personaje incógnito. Incluso, empezamos a admirar a aquello viejitos virtuosos, repletos de conocimientos adquiridos casi siempre de manera autodidacta. Luego pasaron a la popularidad el profe Ángel Pérez Herrero, la doctora Ortiz y más acá en el tiempo, el profesor Félix Julio.

Hace unos días alguien dijo que la mesa donde se hace Escriba y Lea está rota por los bordes y que su equipo de trabajo estaba triste, por la mesa rota, por el horario, por la falta de sentido de pertenencia hacia ellos y por el desprecio.

La televisión, la radio y todos los demás medios de comunicación no han encontrado un espacio para contar, eficientemente, la historia. Algún que otro intento ha llegado con los dramatizados, pero casi siempre desde el artificio, la exageración y la poca hondura en el tema; y otras veces programas mal logrados, con escasa preparación académica de presentadores atrevidos que no pueden, por desconocimiento, ser partícipes del tema del programa.

Escriba y Lea es un espacio necesario en la televisión cubana, como lo ha sido Vivir del Cuento o la Mesa Redonda. Cuba necesita hablar de historia, de la nuestra y de la que nos han legado como cultura general. La historia no solo de los héroes que hicieron esta o aquella revolución, sino la historia de una bailarina, de un pintor, de una calle, de una construcción, de un presidente, de un traidor o de una mujer que vivió duro.

No quiero decir que la programación del Canal Educativo es menor, ni atractiva para los públicos. Me refiero aquí a la necesidad de hacer más extensivo un programa que trasciende los límites de lo educacional para ser familiar, o de barrio.

Alterativas sobran para llevar, nuevamente, a Escriba y Lea a un horario de máxima audiencia. Por ejemplo, pudiéramos hacer ajustes con espacios como Suena Bonito, trasmitido los viernes a las ocho de la noche por el Canal Cubavisión. En ese mismo horario, el martes, los televidentes tienen Piso 6, tan cambiado de horario y de días, y que al final son dos programas musicales, dos más.

La historia que se contaba en Escriba y Lea era atractiva, todavía lo es. Sería bueno tenerla un poco más cerca y contada de esa manera, para analizar qué hemos sido y hacia dónde vamos.

“El siguiente tema, sin información visual, lo envió Ángela Chamizo del municipio de Sandino, en la provincia de Pinar del Río; y se trata de un personaje de la revolución cubana”

¿Este personaje es una mujer?

No.

¿Es un personaje fallecido?

No, está vivo.

¿Es un hombre que se destaca en el ámbito de las artes y la política?

Sí.

¿Este hombre casi siempre se viste de gris?

Y los panelistas sonríen, porque ya tienen la respuesta.

 

 

 

Es mejor el nervio que el desaliento

Luis Franco: “Es mejor el nervio que el desaliento”

Dice Luis Franco que él no se considera músico. “Si músico es tocar un instrumento y acompañarse de vez en cuando con una guitarra, en Cuba hay muchos músicos. Para mí el músico es el que sabe la teoría de la música y es el que sabe lo que hay detrás de lo que suena. Yo siempre me he pensado como un compositor”.

Tú te llamas Luis Alberto Guevara García. ¿Y el Franco de dónde viene?

Mi hermano y yo teníamos un grupo que se llamaba “De verdad”, pero un día no funcionó más. Fue entonces que entre el 2012 y el 2015 no hice nada en la música.

Tengo un amigo que se llama Roberto Franco, quien fue mi suegro cuando estaba en el Preuniversitario. A él le gustaba mucho que yo tocara guitarra, y un día, luego de haber perdido la conexión porque ya yo no fui más su yerno, nos encontramos y le dije que había abandonado la música. Desde aquel momento él me adoptó y me dijo que a pesar de todo, yo sería su hijo. Y actualmente me presenta como su hijo, en cualquier lugar.

Cuando volví a la música él me llevó donde estaba el compositor Jessie Suárez, pero nos hacía falta un nombre artístico. Y bueno, como él me adoptó me puse Franco.

Hay quien ha criticado mi nombre artístico, pero es Franco porque yo tengo un amigo que se llama Roberto Franco, que me ayuda en todo.

¿Y eres franco, como persona?

Sí, la mayoría de las veces lo soy.

“Que no me faltes” es el título de esta producción musical que firma la casa discográfica Egrem

Luis Franco tiene en su mano un disco con diez canciones que le produjo el director de Buena Fe, Israel Rojas. “Que no me faltes” es el título de esta producción musical que firma la casa discográfica Egrem.

¿Qué semejanza hay entre tú y este disco?

En mis canciones trato de poner algo que viví en algún momento.

Se nota, porque escuché ausencia, carencias, incluso hasta falta de optimismo en algunas canciones…

En algunos momentos sí, pero considero que también hay optimismo en otras canciones. Hay lo que yo profeso: ser positivo, siempre ver el vaso medio lleno. La acción positiva siempre te llevará por un camino positivo, y eso también está en este disco.

Que no me faltes, como significado gramatical, ¿es un pedido?… ¿Qué no debe faltarte?

Que no me faltes fue la canción que me abrió las puertas para hacer el disco. Cuando yo llegué a casa de Jessie Suárez, que fue la persona que me produjo el demo de tres canciones, me dijo que le hiciera algo comercial. Hice esta canción con mi guitarra y cuando se la canté me dijo que había hecho un tema que podía ser un himno en este país. Y eso me alegró considerablemente.

Que no me faltes es la primera canción del disco. Y yo le pido a la gente que no me falte nunca porque uno trabaja para ellos, es como una petición: no me faltes.

Luis Franco: “Es mejor el nervio que el desaliento”

Tú eres autodidacta ¿qué es lo bueno serlo, y qué es lo malo?

Ser autodidacta me ha ayudado a no estar encasillado, a no ser una maquinita de hacer música. Muchos músicos graduados son incapaces de improvisar, de componer melodías, de sacar canciones a oído, y ser autodidacta me ha ayudado a desarrollar esa parte.

Siento que si yo hubiera dedicado más tiempo a estudiar armonía, incluso en mi casa, hubiera ampliado el nivel de complejidad de mis canciones en cuanto a composición, y a lo mejor no sería tan simplista. Quién sabe si eso es lo que me hace bien o mal, por eso hay que esperar que pase el tiempo.

Tienes a Israel como productor de este disco, y además eres fiel seguidor de Buena Fe. ¿No tienes miedo parecerte a Buena Fe?¿Cómo sería un concierto tuyo en vivo, que diferencie un concierto de Buena Fe?

He sido un seguidor de Buena Fe, no como músico ni como compositor, sino como público. Cuando descubrí esto de la composición y la música me volví más crítico con ellos.

Creo que cualquier músico pudiera tener una influencia de Buena Fe, por lo menos los de mi generación. Y el miedo a parecerse a ellos es latente. El miedo que la gente me compare y que me entierren con el tema de que soy igualito a Buena fe, está. Pero tratamos, incluso por la parte de Israel, de que yo no me pareciera a Buena Fe y estoy seguro que no me parezco a ellos.

Con el tema de hacer un concierto, nunca he pensado en eso. No sé cómo sería un concierto de Luis Franco porque te juro que yo me estoy descubriendo como artista. Este disco será la prueba y creo que me va a ayudar. El disco me va a decir para dónde debo ir. Ahora quiero causar una buena primera impresión.

Luis Franco: “Es mejor el nervio que el desaliento”

¿Tú crees que Israel no tuvo miedo que tu disco fuera competencia para Buena Fe?

Israel Rojas es un hombre especial. Estoy seguro que si hubiera sido otro productor no hubiera tenido el disco que tengo hoy, y no por una cuestión musical. Él hizo este disco haciendo Patria, como me dijo en reiteradas ocasiones. Israel no cobró un centavo porque todo el presupuesto, que era bien poco, se usó en la producción del disco. Lo único que él va a recibir de mi parte es la gratitud.

Creo que él sí intentó que nuestras músicas no chocaran, y no quiso que yo me fuera por los temas sociales, que son los que aborda Buena Fe. Él trató de alejarme de Buena Fe, y sé que lo hizo por mi bien. Eso fue así explícitamente.

Por eso el disco son canciones de corte de amor, excepto la canción Yo soy la Rumba. Me explicó que no contaminaríamos mi disco con cuestiones sociales, porque realmente iban cosas sociales en este disco. Pero bueno, desde un principio quedamos en venderme así.

Si la novedad es buena, qué bien. Y en el caso que no sea nada… ¿Qué pasaría contigo si este disco no triunfa?

Yo quiero que el disco triunfe. Tengo nervios por lo que puede pasar, pero es mejor estar así que tener desaliento. Al menos alguien va a saber que existe un cantautor que se llama Luis Franco, y eso para mí es importante.

Quisiera que a la gente le guste mi propuesta y que siempre esperen cosas buenas de mí.

Cuando estaba haciendo el disco, me enfoqué solamente en las canciones que quería. Y la musa me bajaba con mucha facilidad. Puede ser que si el disco no funciona como yo estoy esperando, me vuelva a concentrar en escribir los temas del segundo, y va a ser como la primera vez, una segunda primera vez. Pero te confieso algo: Yo estoy muy optimista.

¿Tú crees en la suerte o crees que hay que estar en la hora y en el lugar preciso?

Si uno va por la vida con la cabeza en alto, mirando hacia al frente, con la autoestima alta, siempre habrá oportunidades. Pienso que he tenido la buena suerte de encontrarme con alguien que me llevó a la música. Y además, yo no estoy en la casa sin hacer nada. Siempre trabajo.

Ya filmaste el video clip de la canción Yo soy la Rumba…

Sí, y la historia del video es la historia de la canción.

¿Bailas?

Bueno, yo lo intento. El problema es que yo no me suelto, no me meneo, yo lo hago y puede parecer que lo hago bien, pero cuando ves a otro que sí se desdobla y lo hace con el alma, te das cuenta que no bailo. La rumba es algo que no bailo. Y me encantaría. No lo hago pero sueño hacerlo.

Es por eso que este video cuenta la historia de una persona que no sabe bailar pero que sueña con ser la Rumba.

Ahora mismo es muy pronto para precisar, pero por respeto a ti y a tu música, ¿qué no harías nunca como cantautor?

Si tú le eres fiel a tu arte, el arte no te va a traicionar. Sin embargo, si tú traicionas lo que eres o lo que haces, entonces sí te pasará factura. Uno tiene que tratar de ser un artista acorde a las tendencias actuales, pero no ser la moda, porque la moda es efímera.

Voy a tratar de ganarme la vida con lo que hago. Yo quiero vivir de esto, y un día quisiera llenar el Karl Marx también. No sé si lo logre pero estoy trabajando para eso. Nunca voy a traicionar la esencia de lo que yo soy. Si pego alguna canción de las que hago ¡qué bueno!, pero si no…

Luis Franco: “Es mejor el nervio que el desaliento”

Cuando uno hace una obra que lleva tiempo de realización y sacrificio, siempre se la dedica a alguien especial. ¿Este disco, a quién está dedicado?

A mi abuelo. Se lo dediqué porque se lo debía.

Mi abuelo Alberto no era mi abuelo de sangre. Cuando yo nací era el esposo de mi abuela, entonces esa era la figura de abuelo que yo tenía, y para mí él es el de verdad.

Él tenía un hijo ingeniero eléctrico pero falleció a los 29 años, y sufrió mucho aquella pérdida.

Cuando yo terminé el Preuniversitario empecé a estudiar Arquitectura en la CUJAE, y mi abuelo vio en mí algo parecido a su hijo. Estaba orgulloso de que yo estudiara en aquella escuela. Un día dejé la CUJAE y él culpó a mi hermano, que sí es músico del coro de Digna Guerra.

Yo hubiera sido pésimo arquitecto, era muy malo. Iba a ser uno del montón. Pero mi abuelo fue asimilando aquello, y siempre quería tener la música que mi hermano y yo grabábamos.

Yo hubiera deseado mucho que él hubiera visto esto, por lo menos que hubiera visto mi trabajo con Israel Rojas. Creo que si existe algo más allá, él está alegre por esto.

Y también lo hice un poco por mi abuela. Ella a lo mejor piensa que yo no me acuerdo de mi abuelo, y eso no es verdad.

Cuestión de sexo

 

La paradoja de la percepción. Pintura de Zaida del Río
La paradoja de la percepción. Pintura de Zaida del Río

Llevaba unos meses ahorrando para celebrar el día de ayer. Cumplí tres años con alguien especial, a quien entre otras cosas, le debo mucho por la fidelidad y el botón rojo del colchón.

Algunos conocidos me habían dicho que La Rosa Negra era un excelente lugar, con precios asequibles y un servicio ejemplar. Y fuimos.

Era la primera vez que pagaba algo caro. Pero me sentí orgulloso de poder sacar mi cartera, e incluso, de dejar alguna propina.

Miré la carta. Se hacía de todo en aquella cocina. Veía algo de lo que se cocinaba allí porque los dependientes abrían las puertas del tipo mamparas y observaba la agitación, el trabajo duro, y la candela alta.

Mientras nos preparaban las croqueticas que pedimos como entrantes le pregunté a uno de los trabajadores cuántas mujeres laboraban en aquel lugar.

-Dos

-¿Y cuántos hombres?

-Doce

-¿Dos mujeres y doce hombres en dos turnos diferentes?

-Sí, en dos turnos

Quizá otras veces y en otros lugares me había llamado la atención el interés de los dueños de estos lugares en buscarse trabajadores lindos.

En la Rosa Negra una de las mujeres era la cajera. Aquella rubia usaba un pantalón negro que le marcaba todo su ser.

Ella sabe que cuando ríe puede enloquecer a cualquier hombre o mujer de los que vistan el lugar. Ella sabe también cómo caminar y cómo mirar. Ella domina sus encantos y sabe cómo se hace. Pero no vi a la otra mujer, quizá era una de las cocineras.

Los hombres estaban uniformados con el mismo corte de pantalón negro y camisa blanca de mangas largas. Todos llevaban pelados sensuales, de esos que son más rapados a los lados. Eran hombres fuertes y risueños: rica combinación para convertirse en seres perseguidos con el rabillo del ojo, por las invitadas solteras, casadas y por los hombres solteros y casados que visitan La Rosa Negra.

Dibujando tus alas. Pintura de Zaida del Río
Dibujando tus alas. Pintura de Zaida del Río

¿Por qué tiene que haber más hombres que mujeres en aquel lugar?

Quizá sea porque las mujeres cuando salen embarazadas les dejan a los dueños huecos en el negocio; porque las mujeres con hijos son otro problemas: ¿Y el día que el hijo se enferme?; porque las mujeres casadas llevan una vida muy complicada con sus hombres celosos o prepotentes.

Entonces los dueños apelan a los hombres. Porque la sociedad lo ha obligado a estar pocos complicados, con menos preocupaciones, y con ciertas prepotencias.

Anoche me hubiera gustado también el acercamiento de mujeres a mi mesa. Las mujeres trasmiten mucha sensibilidad y calma. Las mujeres pueden ser más seguras y atentas. Aunque aquellos hombres, bellos, se inventaron el personaje de que el público siempre tienen la razón, y les salió muy bien.

Comimos rissoto de tierra, un filete canciller, una ensalada mixta, platanitos fritos, una malteada y una malta, y una lasaña de jamón para llevar. No quisimos postre. Pagué los treinta y dos dólares exactos, y dejé treinta pesos cubanos por el buen trato y la atención.

“Muchas gracias, caballero” Me dijo el trigueño que nos atendió.

Me apretó la mano y me dio todo lo que nos quedó en unos platicos que regala la casa.

Me abrió la puerta. Me deseó buenas noches y un pronto regreso.

La Rosa Negra

 

 

Dios sabrá

pedro-pablo-oliva-la-maja-criollaPedro Pablo Oliva, La Maja Criolla.

Yanet va todos los domingos a la iglesia católica que está en el centro del pueblo. Tiene una niña y un niño que no parió, pero que lleva también a la iglesia. Y a los dos les explica por qué rezamos, les dice que Dios siempre nos acompaña. Y les habla de fe y de buenas acciones.

La mañana del domingo es para estar en la iglesia, y algunas noches de los sábados, cuando hay fiestecita.

No sabía que Yanet era católica. Nunca me había hablado de su creencia. Siempre me contaba de su novio que se fue para los Estados Unidos hace más de un año, de la soledad de su casa y de su alma. Luego supe que Dios era parte de su compañía.

La hija de Yanet tiene siete años. Es rubia y tímida y tiene los ojos azules como ella. El papá de la pequeña no quiere darle el permiso de salida de Cuba. Y Yanet lo entiende. Sabe que es un buen hombre y que se muere si tiene que dejar de ver a su hija. El varoncito, es el hijo del esposo de Yanet. Ella lo cuida como si lo hubiera pujado, lo educa, lo protege y le dice que su verdadera madre es una gran mujer.

A Yanet le gusta colgar el teléfono de su casa cuando no quiere recibir llamadas. Eso lo hace muchas veces a la semana. Por las noches, en su cuarto, se pone la almohada en la cabeza porque no puede gritar. Entonces grita bajito: con la almohada apretada. Y nadie se entera.

Luego se pone frente al espejo y siente que ha bajado de peso y eso le favorece. Sabe que bajar mucho de peso le agrieta los muslos y los senos, y eso la deprime considerablemente. Pero tampoco le place cocinar para comer sola.

Yanet tiene muchos deseos de hacer el amor. Dice que ella siempre lo hacía varias veces en la misma noche y que luego repetía, si su hombre tenía fuerzas, antes de irse para la escuela donde todavía imparte clases de Español.

Me invita a unos frijoles en su casa y especifica que es en son de amigos. Me pide que la disculpe por los mensajes ambiguos. Yo la disculpo y le digo que todas las palabras escritas fueron entendidas. Le aclaro que no somos novatos en el arte de la seducción. Y ella se ríe: pícara, arrepentida quizá, pero con esperanzas.

Sé que ella quiere mi sexo, pero sería un sexo solo para ella: un sexo sin sentido para mí, extraño, falto de motivación. Y sé que cuando todo termine ella se dará cuenta que su novio es lo más importante. Y por eso, también, evito que suceda.

En cambio, yo prefiero ser quien lee sus mensajes desesperados, diciéndome que su marido lleva más de un mes sin trabajo porque unos amigos lo embarcaron; que hace tiempo no le manda dinero ni le recarga el celular porque la vida allá es dura para él; y que él se arrepiente pero no puede volver atrás porque hay mucha plata invertida.

Yanet sabe que su estancia en Cuba demorará. Y que su amor por ese muchacho es un amor fácil, porque depende de ella misma, de su ímpetu y de su empeño.

Me ha dicho que después de ir a la Iglesia llega tarde a la casa porque habla por IMO con su esposo y al final de la conversación ella siempre le dice: “Mi amor, no te preocupes, aquí todo está bien. Hay que tener fe, solo Dios sabrá”

El pedido

 

Y se murió Manuel. Dice su hermana que él era un hombre ingrato.

Un día decidió hacer una balsa y tirarse al mar con otros socios del barrio. Llegaron sanos a Estados Unidos pero nunca mandó un quilo ni hizo una llamada a Cuba. Aquí había dejado a sus dos hijos y a su esposa, en medio del año de mil novecientos noventa y tres.

Cuenta su hermana que Manuel siempre hablaba mal de Cuba, y que allá tuvo otro hijo con una mujer muy fea, prepotente y dominante.

Cuando Manuel murió, estaba solo en su habitación. Y antes había escrito una nota: “Tiren mis cenizas en el jardín de mi casa de Marianao”.

nelson-dominguez-mujer-ante-el-espejo

Nelson Domínguez.  Mujer ante el espejo

No tengo fotos de Miguelito


“Vuelo ciego”, pintura de Maykel Herrera
“Vuelo ciego”, pintura de Maykel Herrera

Hay un pasillo grande y en el centro muchos globos amarillos verdes y azules, creo que azules también. Hay frío y limpieza en aquel pasillo y varios especialistas que hablan. Y antes, una puerta de cristal que cierran por dentro con llave.

En un rincón especial hay muchas fotos de niños. Son fotos viejas y recientes a colores en las que todos ríen. Los niños fotografiados ya crecieron: unos tienen familias, otros todavía son niños, y otros no pudieron resistir.

Son muchas fotos pegadas en una pared de la sala de oncopediatría del Hospital William Soler.

“Ay chico, no tengo fotos de Miguelito”, me dice la doctora Caridad.

La doctora adoraba a Miguelito y él también la adoraba a ella. Algunas veces Caridad le hacía los potajes de frijoles que Miguelito le pedía. A ella le gustaba complacerlo mientras estaba hospitalizado: “Era un niño cariñoso y adecuado, hasta para morir fue adecuado”.

“Vista de águila”, pintura de Maykel Herrera
“Vista de águila”, pintura de Maykel Herrera

Miguelito tenía quince años de edad cuando ingresó en el hospital. Vino con una lesión en una pierna, un tumor maligno, un Sarcoma de Ewing que le afectaba médula total y que se expandía a otros órganos. Y además, tenía mucha anemia.

Llegó muy avanzado, pero lucharon con él casi dos años.

Cuando la enfermedad avanzó, Miguelito no podía subir las escaleras de su edificio en Boyeros, y el Estado cubano le regaló una casa en una planta baja, pero no tuvo tiempo para disfrutarla porque en los últimos meses se complicó demasiado.

Un día quiso cantar con Alexander Abreu, el de Habana de Primera, y juntos tocaron trompeta. Miguelito conocía ese instrumento porque lo estudiaba en la escuela de música. Aquel fue un día de abril, un mes que marcó el final, una etapa triste para la doctora, su equipo de trabajo, para la mamá y el papá de Miguelito.

“Ojos sucios”, pintura de Maykel Herrera
“Ojos sucios”, pintura de Maykel Herrera

Me cuenta la doctora Caridad que todavía lo recuerda, que en treinta años de trabajo ha visto de todo y ha tenido que seguir, pero ese niño le dejó mucho cariño y el deseo de hacer más por él, cuando ya se agotaban las salidas.

Dice la doctora Caridad que lo más duro para ella es ver la muerte de un niño, que ella sufre cuando tiene que decirle a un padre que no hay solución y que lo único posible es extenderle la vida unos meses para que ellos, mamá y papá, se preparen para un final que no entienden, y que nunca entenderán.

La doctora Caridad avanza por el pasillo grande de su sala. Me habla de otros niños y mira hacia el rincón donde están las fotos de los pequeños que ha atendido en aquel pasillo grande: “No tengo fotos de Miguelito”. Y suspira.